Me lo contó un sueño
Amo ese recuerdo tuyo.
Te amo y te quiero todavía. No del mismo modo pero sí en
cantidad. Me he ido resignado a muchas cosas, no significa que no te ambicione
para mí todavía. Tampoco significa que piense en esa posibilidad de que pueda
pasar. Todo esto me lo contó un sueño y ha sido de los mejores que he tenido en
los últimos años.
Todo comenzaba por esa obsesión mía de ti. De cómo te
buscaba y ya no estabas en esos lugares donde habías dejado rastro. Lugares
donde dejaste en evidencia que estuviste pero no volverías a estar, o donde al
menos no te permites que se sepa estuviste. Siempre he estado detrás de ti, si
frente a alguien no lo he aceptado es únicamente frente a ti.
Fue extraño pero familiar. Me sorprendió en general. La
calidez. La tranquilidad.
Venía en el colectivo y me las arreglé para saber tu ubicación por algún medio electrónico pues tú desaparición sigilosa de elefante me dejaron ansiedades en el pecho, la boca y las manos. Esas cosas de localizar gente y tener algunos de sus datos siempre se me han dado bien, ¿lo supiste? Una vez sabiendo dónde encontrarte, me dispuse a ir.
Di contigo en una estación del metro, parecía Agrícola
Oriental de la línea A: Ahí te vi. Tu cabello era más claro del castaño natural
de tu cabeza. Ahora tenía luces en rubios, qué más que luces dominaban al resto.
A los hombros. Con las ondulaciones naturales de un peinado sin mucho esfuerzo. Sentada
en la banca de cemento al medio del andén, con las piernas delgadas cruzadas
una sobre la otra y la espalda erguida. Te vi y hui cobardemente. Era claro que
más allá de encontrarte y mirarte a lo lejos no había ningún plan mágico bajo
las cejas. Eran fines de año, climas frescos, lo note por la forma en que te
abrigabas.
Mis movimientos debieron ser toscos y absurdos, amplios y muy
notorios, lo supe cuando me viste y fingí no saberlo y seguí mi andar. ¡Torpe!
Nada que hiciera quedar bien a mi apodo de hace 15 años, “El Gato”, pero seguro
uno con sobrepeso, uno cojo y bizco porque en ese escape nadie hubiera notado
una pizca de felinidad.
Entré a un centro comercial, se veía viejo y descuidado como
la plaza cerca del metro y de la casa de mi padre. Parecía el mismo, salvo que
la estación no concordaba. Digo que no era la misma porque la estación donde te
encontré y de la que no sabía cuál era por no haber visto el nombre no se
parecía a los alrededores de la avenida. Entonces era que la plaza no estaba en
el lugar correcto. No sé.
Corrías detrás de mí. La valiente siempre fuiste tú.
Cuando casi me diste alcance me encontré con mi novia. La
reconocí porque la vi en otro sueño. Usaba un abrigo rojo, rojo vivo, rojo
navideño. Un gorro marrón de estambre y unos janes ajustados. Ella es delgada.
Me vio corriendo, rondando por ahí como idiota. Se me acercó
y me saludo con familiaridad, muy normal, no efusiva pero si dominando su
espacio en mí acercando su cara a la mía para darme un beso y preguntar qué hacía
ahí.
—Vine a ver los pasteles y a ver que podíamos beber para la
cena. — Le mentí.
Entonces llegaste tú casi nada agitada.
—Llevo rato tratando de alcanzarte, te llamé por tu nombre, ¿no me escuchabas?
Parece que fingías no escuchar. —Dijiste.
Pensé que con mi novia estaría a salvo y no te acercarías. Me
equivoqué. Siempre has sido impredecible.
Las presenté y tú la miraste con indiferencia, por supuesto te importaba poco. Te urgía decirme algo y apenas retiraste tu mano después de la
obligación social te apuraste a continuar hablando. Me puse una pizca de
puntillas para estar parejos. Eran esos 5 centímetros qué me faltaron para
estar a tu altura... Al menos la física.
—Me casé. Pensé que no lo haría pero él lo hizo. — No me
moví nada, ningún gesto, ninguna palabra mientras estaba de la mano de mi chica.
Me mostraste tu dedo anular con un anillo. — Lo amo como pensé no podría y
quería decírtelo. — terminaste.
No sentí coraje, odio o alguna intención en querer
humillarme en tus palabras. Parecías sincera y más bien sentí quisiste
decírmelo con la misma intención y ganas de cuando le cuentas una novedad
esperada a tu mejor amigo.
Te felicité, con alguna pequeña presión emocional en el tórax del mismo tamaño de mis frases apenas articuladas y nos despedimos. Más tardó la persecución qué la plática. ¡Y qué suerte!
—Es fea, no sé porque hablabas tanto de ella. —Dijo mi
novia.
Me reí y la mire. Me acerque a su cara rozando su mejilla suavemente como dándole
un beso sin labios y le dije:
—Es curioso que lo digas, todos me han dicho que eres idéntica a ella.— Puso
cara de molestia. Nadie menos idiota que yo podría decir algo así. Añadí para arreglar lo roto.— Pero te amo, a ti te amo.—Nadie menos idiota que yo
sale vivo de esas.
Y empezamos a caminar. Pasamos por un refrigerador pequeño de
helados, y dijo el nombre de uno, de esos que odio por su color sintético
exagerado. No quiso comprarlo. Salimos y nos topamos con su hermano que nos saludó
y se fue tan pronto como apareció no sin amenazar nos veríamos más tarde para
la cena.
—¿Qué quieres beber?— le pregunté.
—Cualquier cosa. Mi hermano quiere guardar su sidra especial para otra fecha.
Nos fuimos caminando de la mano rumbo al estacionamiento.

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