Screams in silence
Siento la soledad en el silencio interno y con el ruido del ambiente. Con el ruido de gente que grita, niños que rien, bebes que lloran, perros ladrando, autos pitando.
El silencio interno que grita por compañía es el ruido más terrible.
Sabía que tenía que escribir, o que tenía que hacer cualquier otra cosa, pero me la pase en el pequeño sofá tirando la vida frente a la pantalla del teléfono celular, hasta que la tripa hizo más ruido que mi silencio de cariño en mi cabeza me levante para prepararme una cena xpress de diez minutos de emplatar y de ocho minutos de ingesta. Y entonces tomé el pretexto de la alimentación para abrir una lata de cerveza de esas que me pedí la semana pasada junto con la despensa y útiles escolares de mi hija. Ya con la comida, ya con la bebida solo restaba abrir una hoja en blanco del blog y comenzar a la verborrea.
Me leí algunas entradas recientes del blog, me leí a mí mismo, vaya. Y me recordé la razón por la que estoy hoy como tal: en viernes y sin salir con ella. Ya no existían silencios en mis viernes desde que empezó el año. Fueron dos terceras partes. No estuvo tan mal. Dí lo que pude, recibí lo que quizá merecía. Nadie merece nada por el hecho de solo existir.
En esas frases que redacté en los meses pasados detecté mis heridas, las recientes, las nuevas, y las muy viejas que volvieron a abrir y entonces recordé que hice lo correcto. Ya había mucho dolor que se convirtió en rencor y después en hastío. ¿No se supone que cuando dos adultos tienen una relación sentimental de pareja y hay inconvenientes en ella basta con hablarlo con sinceridad y llegar a acuerdos que solucionen y así se fortalezca?. Pues me pase de hablar y me falto solucionar.
Soy libre de amar y hoy me di cuenta de eso con mientras hablaba una hora con Valeria: cuando vi que no tengo limitantes; que puedo querer sin que algo externo me lo impida, sin obligaciones que me limiten mi tiempo, mi mente y mi querer. Porque no necesito querer querer, porque se me da natural. Soy muy tonto y lo he dicho, lo digo siempre; cuando quiero, pienso en todos mis planes con ellas. Les doy lo que tengo; mis novedades, mis lugares, mis comidas, mi pensar, mi penar, si la circunstancia se atraviesa, mi llorar. Y mis bebidas, mis pasos y mis sonidos, mis respiros y mis manos.
Es que no sé querer de otra forma. Es que mis experiencias son lo único que tengo, lo único bello que he trabajado.
Y nunca ha sido apreciado, o quizá lo malo que tengo borra lo poco que aporto. He tenido relaciones más duraderas y que dejan más placeres físicos cuando miento sobre mí que cuando me muestro verdadero y transparente, cuando no me ponen los ojos hechos vidrio triturado y los expongo dilatados por la rigidez y crudeza del costal de cemento que se dejo a la intemperie en temporada de lluvia. El mundo de la claridad no me viene bien. Por eso siempre he elegido la noche, lo trágico, el romance con colera y los abandonos llenos de fiebre.
Me enamoro fácil.
No me engaño, solo compro fácil lo que me venden y lo acepto pensando que la gente quiere ser verdadera como yo a estas alturas de la edad, de la vida, de la muerte, del stress diario, de la violenta realidad, en búsqueda de refugio que no regale fantasías, pero sí un diván en el que recostarse con una taza té de manzanilla entre los dedos. Todos mienten. Todos muestran su mejor rostro, todos se venden al mejor postor. Yo me vendo al que me quiera levantar tal cual cháchara empolvada en el tendido de baratijas de los puestos de finales de tianguis: en el piso, vista por muchos, despreciada, apenas vista de reojo hasta que me alguien levante con algo de interés, me limpie un poco y que entre el maltrato de los trajines diario vea que aun tengo algo de brillo, que aun puedo ser útil, que hay valor detrás de ello si se tiene el cuidado necesario y la atención requerida.
No siento lastima por mí. No sé engañen, que en todo caso el único engañado sería yo. Soy un platillo feo, raro, con ingredientes sacados de cualquier lugar, como si no tuvieran relación unos con otros, que cualquier experto gastrónomo jamas pensaría mezclar: Gatos con cerveza, libros con agua de lluvia, bosque electrónico y hongos con plástico. Rios en silencio, piedras enormes para dormir despierto tres horas. Caminos incomodos, muñecas torcidas. Ojos amarillos, manos suaves en la palma, resecas por el dorso. Quemaduras de cigarrillos no accidentales. Tatuajes que inconclusos, terminados. Nunca quise ser así. Fue como si no eligiera y el camino me llevara como esos autos nuevos al que se les pone el destino y ya nada depende de ti.
Pero yo sí conduzco, yo elijo y vi los errores de comienzo y elegí quedarme, porque quise concentrarme mucho más en lo que valía que en el dolor que no valió para nada.
Y después de estar solo y hacer ese espacio en el closet dentro de mi pecho para que pudiera dormir tibia recogió sus sentimientos y se los llevo. Ahí esta el cajón lleno de sus cosas sin sentimientos y el espacio vacío que se erigió solo para hacerle hueco. Es un espacio que no se llena, es como cuando jugabas Tetris y dejabas estratégicamente el espacio para que el palo entrara vertical. Le hice el espacio preciso y se negó a llegar y ahora puse el bloque cuadrado en su lugar, pero dejando la fila vacía, sin nada que le pueda dar resolución. Aun no pierdo la partida. Bastara acomodar algunas piezas.
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