Humedades índigo, texturas verdes.
Nos fuimos a acampar. El lugar tenía muchas similitudes a Zacatlan de las Manzanas. Fui hace 2 años... no, creo que 3, por mi cumpleaños. No era igual el lugar salvo un sendero, creo tener una foto de él. En ese sendero atendí tu llamada. Ya no me has llamado en mi cumpleaños, rebobinando memorias ahora mismo. Conversamos unos minutos mientras me tomaba unas cervezas a lado de un perro que conocí en el lugar, en esa tiendita de ventana pequeña que daba al sendero color grava de esa casa de adobe de al menos 70 años. Pero esa llamada no fue sueño, eso fue real.
Llegamos a una habitación que estaba lejos de parecer una cabaña, mucho más distante todavía de una casa de campaña. Tenía alfombrado el piso, de color claro el afelpado, y estabas ahí tumbada viendo no sé qué en tu teléfono. Entre nosotros hay una relación de confianza que ha ido siempre en zigzag, en espiral, ¿por qué lo menciono? Porque en ése momento ese relacionamiento se había convertido en otra cosa. Cuando hay familiaridad y otras cosas que construyen vínculos afectuosos en cierto momento uno comienza a apropiarse del cuerpo del otro, al menos así hago yo. ¿Cuándo fue la última vez que puse mi mano sobre tu pierna y la dejé ahí tanto tiempo como me vino en gana?
Tiene relación, lo juro: ahí sobre el piso, sobre el peluche estabas tú con tus jeans color índigo, ajustados pero cómodos. Entré en la habitación y sentí el impulso de recostarme contigo. En el sitio aceptaban perros, imagino que todavía lo han de hacen. Obvio el porqué pensarlo; siempre vienes con un perro, a lado, a cuestas , dentro, empacado. Implícito. Ha de ocurrir así cuando me piensan y siempre va por delante Madaí.
Me miraste sin decir nada, parecía situación muy habitual para nosotros, de ésas donde se disfruta la proximidad pero ya no urge de lo cotidiano, de cuando uno se sabe dueño del otro, como después de laborar la quincena completa y puntual y tienes la seguridad de que el pago llegará al final de mes: lo sabes, lo quieres, lo deseas pero lo das por seguro pues ya hiciste el trabajo, ya te pertenece. Me fui a tu lado. Te dí una nalgada de aviso mientras colocaba la primera rodilla en la carpeta peluda, como diciendo/sintiendo un ya estoy aquí, lo necesitaba, te necesitaba cerca. Me metí un dulce en la boca, imagino algo con picante, el dulce dulce no me va. Algunas veces he hecho la alegoría a mi personalidad. A forma de maldad y gusto metí el envoltorio en tu bolsita trasera de los pantalones y ahí lo dejé y acomodé mi mano un momento, se sentía bien. Tú toda normal, nuevamente esa habitualidad, la naturalidad que se sentía en el escenario. Baje la cabeza subiendo la mano inquieta a tu cintura para rodearla y descansar.
Luego ya eran las 9:24 a.m.

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