Morada casi purpurea
Y nada debe importar, pero a mí sí, es por imbecil, por "enfermito". Realmente me refiero a que es algo que traigo pendiente, de años. Ya no es tan importante que sepas como para mí sí el que se escriba.
Tengo una carta tuya sin respuesta, quién debe la respuesta soy yo. Sabes, nunca nadie me escribió y debí responder en tiempo y forma. Ya no recuerdo si compré el estampillado. Recuerdo que vi varias oficinas de correo. Recuerdo donde trabajaba y los gatos rojos de brocados que te gustaron de fotografía. La pasada por el frente del Palacio de Bellas Artes. ¿Fuimos a la Cineteca Nacional? Lo tengo algo difuso, pero sí recuerdo algún apretujamiento en el Metro, tu nunca algo velluda y la falta de atrevimiento para besarte ahí.
Todo fue grato y nunca supe qué pasó. Porque no fui yo por ti, a dónde tú. Fui un tibio. Nunca supe que eramos, que fuimos y qué pudimos ser. Busqué digamos que algún tipo de respuesta en nuestras conversaciones pero la verdad es que ya no existen.
Una vez no llegaste y me dispuse a caminar por la ciudad. No cancelaste, perdí tiempo y horas. No fue molestia, fue desilusión. He hablado de ti en conversaciones que apenas te acarician: "La Toluqueña". Nunca Gaby, nunca Gabriela, preferí Ilse. Tampoco Ilse. Bufanda magenta, gafas de pasta sin aumento, para farolear. Mi bolsa pirograbado que dice Cuba y es de niña, algunas flores también.
Te he visto, en algunos recuerdos de Facebook, como sugerencia en Twitter. Te he revisado un tanto. Te volviste extraña para mí y cuando tengo el pensamiento indiferente viene a mi una sensación de deseo, casi de ansiedad porque encontrar un mensaje tuyo dejado cuando no coincidimos, una conexión tuya en mi paralelo. Algo quise, solo que que no quise con fuerza. Me recordabas un tanto a Cristina, solo físicamente.
Tengo un tono de elegancia distinta, algo trágica, como cuando sacas el traje obscuro para ir al funeral de alguien, alguien que no te importó, porque vaya, nadie tiene cabeza ni tiempo para ponerse despampanante cuando la noticia de una muerte te arrolla. Y me pongo un moño bonito a modo de dedales para poder escribirte. Nuevamente: lo siento. Debí de hacer de todo eso algo bonito, un recuerdo mejor que contar y compartir a todas las personas. Algo bonito que con el tiempo se vendría añejo, a placeres olor caoba. Falle.
Hay una certeza, más bien dos: Pensé en escribir esto en una hoja, pero realmente nunca pude, nunca he podido. Eso y que bueno, ir a la oficina postal. Más tiempo, más obstáculos, eso y el pensar irremediable del que ya no vivas dónde me informaste en el colguije de coordenadas redactado de tu puño en letras sobre el sobre blanco. De todo lo típico y atípico de una chica de tu edad en esos entonces, la letra te daba el toque de realidad por ser de lo más ordinaria.
Y la duda de tu paradero surge de las imprevistas visita a tus perfiles. El pájaro azul me ha sugerido hasta el cansancio seguir tus novedades y entre la sugerencia y la curiosidad he ido a curiosearte. No tengo idea de que ha pasado contigo pero parece no ha ido del todo mal y me saca sonrisas calidas de un cariño casi senil, por ti y por todo lo nuestro que si se lee así se piensa mucho más de lo que realmente paso. "Lo nuestro". La F azul también ha hecho lo mismo, en especial porque recuerdo que en tu tarea de descubrimiento de un muchas cosas adicionaste a tu lista un par de los amigos más próximos y de más historia que tuve en ésa década pasada.
Ilse.
Me gustaba pensarte Ilse, no Gabriela, no Gaby, Ilse. Y así lo sigo haciendo. Te he mencionado un par de veces, alguna de ella como "la mujer que se llevó mi virginidad postal", o que al menos me lo hizo con amor porque el primero fue la UNAM con un telégrafo, sí, un telégrafo. Fue por cambios en mi ficha médica o algo así. Recuerdo que esperaba ese telégrafo fuera de una ex que se fue a Estados Unidos donde me enviaba dinero por una crisis económica que no me permitía pagarme mi internet.
Ésto lo enviaré a las dos redes azules en diferente tono, por si sí, por si quizá otra ya no.
Me da gusto saber de ti. Tiene tiempo ya que había leído algo en tu blog, tratando de descubrir alguna dedicatoria. Por supuesto que no encontré algo y me salí por la puerta. Eres un buen recuerdo, de la intempestiva juventud y del deseo de conexión. Apenas recordé que escribí ese poema, que me encanta y que me dijiste: ya lo he leído... Un desdén que me hizo entender que no todos amamos lo mismo con la misma intensidad.
ResponderEliminarAlgún día, hombre gato, yo invitaré la comida, el café, las historias.
Por mientras cuídate y alimenta tu ser como siempre lo has hecho.